Conversaciones de Lenin sobre arte y cine

Como complemento a la, como hemos visto, más bien escasa dedicación de Lenin al cine en sus textos, publicamos una pequeña selección en la que podemos conocer un poco mejor sus opiniones sobre arte y cine a partir de conversaciones con alguno de sus contemporáneos. La primera es de la conocida revolucionaria alemana Clara Zetkin, que coincidió en diversas ocasiones con Lenin, antes y después de la revolución, y recogió sus impresiones de alguno de estos encuentros en el libro Recuerdos sobre Lenin. No habla en ningún momento sobre cine –lo que también es significativo–, pero sí sobre sus ideas sobre la difusión de la educación para ayudar al desarrollo de un arte verdaderamente popular. Anatoli Lunacharski, que era Comisario del Pueblo para la Ilustración –es decir, una especie de ministro de educación y cultura–, lógicamente tuvo un contacto mucho más continuado con Lenin, presidente del Sovnarkom, el Consejo de Comisarios del Pueblo. De entre los recuerdos que publicó sobre sus conversaciones, he escogido una que es especialmente famosa porque termina con la frase que aparece en el frontispicio de esta página: «de todas las artes, el cine es la más importante para nosotros». Lo complementamos con la carta que Lunacharski escribió al cineasta e historiador del cine Boltianskiy que fue quien le solicitó sus recuerdos de esa conversación. Serán nuestra segunda y tercera partes de esta selección. La cuarta será de Vladimir Bonch-Bruevich, secretario personal de Lenin, o, más exactamente, jefe de administración del Consejo de Comisarios del Pueblo. Entre otros temas relacionados con el cine, nos cuenta anécdotas de la grabación en la que aparecen los dos tras el atentado que casi le cuesta la vida a Lenin. Y terminaremos con los recuerdos personales del responsable de los trenes de agitación durante los años de la Guerra Civil, y la anécdota de su visita a Lenin para explicarle sus resultados.

1.- Clara Zetkin: Recuerdos sobre Lenin (fragmentos)

La primera visita que hice a casa de Lenin ahondó la impresión que había sacado de la Asamblea del Partido, y que, desde entonces, se confirmó y robusteció en varias entrevistas. Es cierto que Lenin vivía en el Kremlin, la antigua fortaleza zarista, y que para llegar hasta él había que pasar por delante de varios centinelas, medida ésta justificada por la campaña terrorista y contrarrevolucionaria de atentados contra los jefes de la revolución, que por aquel entonces no había cesado todavía. Cuando no había más remedio, Lenin recibía también en los grandes salones de palacio. Pero sus habitaciones particulares no podían ser más sencillas ni más modestas. Yo he visitado más de una casa obrera instalada con más lujo que el hogar del “omnipotente dictador de Moscú”. Encontré a la mujer y a la hermana de Lenin tomando la cena, que inmediatamente me invitaron a compartir con la mayor cordialidad. Era una cena sobria, como lo requería la dureza de aquellos tiempos: té, pan negro, manteca y queso. Más tarde, la hermana hubo de buscar a todo trance si había algo “dulce” “en honor del huésped”, hasta que descubrió un vasito de fruta en conserva. Todo el mundo sabía que los campesinos obsequiaban a “su Ilitch” con abundantes regalos de harina blanca, tocino, fruta, etc. Pero todo el mundo sabía también que nada de esto se quedaba en casa de Le-nin. Los regalos iban a parar todos a los hospitales y a los asilos infantiles; la familia de Lenin se atenía rigurosamente al principio de no vivir mejor que los demás, es decir, que las masas trabajadoras.

Desde el Congreso Internacional Socialista de la Mujer, celebrado en Berna, en marzo de 1915, no había vuelto a ver a la camarada Krúpskaia, la mujer de Lenin. Su cara bondadosa, con sus ojos cálidos y llenos de simpatía, presentaba rasgos imborrables de la pérfida enfermedad que la mina. Pero, aparte de esto, también ella era la misma de siempre, la encarnación viva de la sinceridad, de la modestia de carácter y de una sencillez verdaderamente puritana. Con aquel pelo liso, peinado hacia atrás y recogido en un moño hecho a la ligera, y con aquel vestido libre de todo adorno, parecía una de tantas mujeres obreras, una de esas mujeres ajetreadas cuyo eterno cuidado es ahorrar tiempo, ganar tiempo. La “primera mujer del gran Imperio ruso” — según la idea que se forma y las palabras en que se expresa la burguesía— es, indiscutiblemente, la primera en sacrificarse alegremente y, sin preocuparse de sí misma, la primera en entregarse a la causa de los oprimidos y atormentados. Fue la íntima e inseparable comunidad de los caminos y de la obra de su vida lo que la unió a Lenin. Imposible hablar de él sin pensar en ella. Era la
“mano derecha de Lenin”, su suprema y mejor secretaria, su camarada más firme en ideas, la intérprete y mediadora más fiel de sus opiniones, igualmente incansable en la obra de reclutar, enérgicamente y con habilidad, amigos y partidarios para el maestro genial, en su labor de propaganda entre las masas obreras. Además de todo esto, tenía su radio propio y personal de acción, al que se consagra con toda su alma: la cultura y la enseñanza de las masas populares.

Sería ridículo, injurioso, el solo hecho de presumir que la camarada Krúpskaia representaba en el Kremlin el papel de “señora de Lenin”. Trabajaba y velaba con él y para él, como lo había hecho toda la vida, aun durante las épocas en que la ilegalidad y las más duras persecuciones los separaron. Con su temperamento profundamente maternal, la camarada Krúpskaia —ayudada amorosamente por María Ilitchna, la hermana de Lenin— convertía la casa en “hogar”, en el sentido más noble de esta palabra. Este sentido no era, evidentemente, el de esa gazmoñería pequeñoburguesa de los “hogares” alemanes, sino el de una atmósfera espiritual, que lo llenaba y que era la emanación de las relaciones establecidas entre los seres que vivían y laboraban en él. Tenía uno la sensación de que en aquellas relaciones todo se basaba y armonizaba sobre la verdad y la veracidad, la cordialidad y la comprensión. Yo, aunque hasta entonces apenas había conocido personalmente a la camarada Krúpskaia, me sentía en seguida en su “reino” y bajo sus cuidados amorosos como en mi propia casa. Y cuando más tarde llegó Lenin, recibido alegremente por los suyos, y un gato grande saltó sobre el hombro de aquel “hombre terrible” y se acomodó tranquilamente en su regazo, casi me imaginaba estar sentada en mi casa o en casa de Rosa Luxemburgo, con su gata “Mima”, histórica ya entre los amigos de Rosa.

Lenin nos encontró a las tres mujeres hablando de arte y de cuestiones de cultura y educación. Yo expresaba en aquel mismo instante mi admiración entusiasta por la labor titánica de cultura de los bolcheviques, por la fermentación y la agitación de las fuerzas creadoras que pugnaban por abrir al arte y a la cultura nuevos caminos. Pero, al hacerlo, no ocultaba mi impresión de que en todo aquello había mucho, muchísimo de vago e inseguro, de tanteo y experimentación y de que, con la pugna apasionada por encontrar nuevo contenido, nuevas formas, nuevos caminos de vida cultural, se mezclaba también algo de snobismo cultural y artístico a la moda occidental. Lenin intervino en la conversación inmediatamente y con toda vivacidad.

“Ese despertar, esa plétora de fuerza que luchan por dar a la Rusia soviética un nuevo arte y una nueva cultura — dijo Lenin— está bien, muy bien. El ritmo tempestuoso de esta evolución es natural y conveniente. La Rusia soviética quiere y debe recobrar el tiempo perdido durante siglos. Esa fermentación caótica, esa búsqueda febril de nuevas fórmulas y soluciones, ese «Hosanna» que hoy se canta a determinadas tendencias artísticas y espirituales, para mañana cantarles el «Crucifícalas»: todo eso es inevitable.

“La revolución desencadena todas las fuerzas contenidas y las sacas del fondo a la superficie. Para poner un ejemplo. Piense usted en la presión que ejercieron sobre el desarrollo de nuestra pintura, de nuestra escultura y arquitectura, las modas y los caprichos de la corte zarista y los gustos y las preferencias de los señores aristócratas y burgueses. En una sociedad basada en la propiedad privada, el artista produce artículos para el mercado, y necesita compradores. Nuestra revolución ha librado a los artistas del peso de este prosaico estado de cosas. Ha convertido al Estado soviético en su protector y cliente. Todo artista y todo el que se tenga por artista se cree, y tiene razón, con derecho a crear libremente con arreglo a su ideal, sin preocuparse de que lo que crea sirva o no para algo. Ahí tiene usted el porqué de toda esa fermentación, de todos esos experimentos, de todo ese caos.

“Pero, naturalmente, nosotros somos comunistas. No podemos cruzarnos de brazos y dejar que el caos fermente como le apetezca. Tenemos que encauzar también, clara y conscientemente, esta evolución, procurando moldear y dirigir sus resultados. Y en esto sí que no estamos todavía, ni mucho menos, a la altura de las circunstancias. Somos demasiado «iconoclastas». Hay que conservar lo bello y tomarlo por modelo, empalmar con ello, aunque sea «viejo», ¿Por qué volverse de espaldas a lo que es realmente bello y repudiarlo definitivamente como punto de arranque para seguir evolucionando por el mero hecho de ser «viejos? ¿Y por qué adorar a lo nuevo como a un dios al que se debe obediencia sólo por ser «nuevo»? Esto es un absurdo, un puro absurdo. Por lo demás, aquí hay también mucho de snobismo convencional y de respeto a la moda artística de Occidente. Inconscientemente, claro está. Somos buenos revolucionarios, pero nos creemos obligados a demostrar que estamos al «nivel de la cultura contemporánea». Yo tengo el valor de aparecer como un «bárbaro». No acierto a considerar como las revelaciones más altas del genio artístico el expresionismo, el futurismo, el cubismo, y todos esos ismos. No los comprendo. No me producen la menor emoción.”

Yo no pude por menos de confesar que tampoco poseía el órgano adecuado para comprender que la forma de expresión artística de un alma apasionada fuese un triángulo en vez de una nariz, ni concebía que el impulso de realizaciones revolucionarias convirtiese el cuerpo del hombre en un saco informe puesto sobre dos zancos y con dos tenedores de cinco púas por brazos. Lenin se echó a reír con todas sus ganas.

“Si, querida Clara; no hay duda que somos ya viejos. Nos contentaremos con seguir siendo jóvenes, por ahora, en la revolución y conseguir marchando en la vanguardia revolucionaria. Con el nuevo arte, ya no podemos, no hacemos más que renquear detrás de él.

“Pero —prosiguió Lenin— lo que interesa no es nuestra opinión acerca del arte. Ni interesa tampoco lo que dé el arte a unos cuantos cientos o a unos cuantos miles, en un pueblo que cuenta tantos millones como el nuestro. El arte es para el pueblo. Debe clavar sus raíces más profundas en las grandes masas trabajadoras. Debe ser comprendido y amado por éstas. Debe unirlas y levantarlas en sus sentimientos, en sus ideas y en su voluntad. Debe sacar y educar artistas en ellas. No podemos alimentar a una minoría con bizcocho dulce y hasta refinado, mientras las masas obreras y campesinas carecen de pan negro. Y no digo esto, como se comprende, en el sentido literal de la palabra, sino también en un sentido figurado. No perdamos nunca de vista a los obreros y a los campesinos.

Aprendamos a administrar y a calcular con la vista puesta en ellos, sin excluir tampoco el arte y la cultura.

“Para que el arte pueda llegar al pueblo y el pueblo al arte, lo primero que tenemos que hacer es levantar nuestro nivel general de educación y de cultura. Se entusiasma usted ante la inmensa obra cultural que hemos realizado desde que estamos en el Poder. Y es verdad; sin jactancia, podemos decir que en este respecto hemos hecho mucho, muchísimo. No nos hemos limitado a cortar cabezas, como nos achacan los mencheviques de todos los países y sus Kautskys; también hemos llevado a ellas la luz. A muchas. Pero «muchas», si las medimos por el pasado y por los pecados de las clases y pandillas que antes gobernaban nuestro país. Ante nosotros se alza, grande, gigantesca, la necesidad de educación y de cultura despertada y espoleada por nosotros en los obreros y en los campesinos. No sólo en Petrogrado y en Moscú, en los centros industriales, sino también en el campo, en las aldeas. Y hay que tener en cuenta que somos un pueblo pobre, un pueblo de mendigos. Querámoslo o no, la mayoría de los viejos resultan, culturalmente, sacrificados, desheredados. Es cierto que desplegamos una lucha verdaderamente tenaz contra el analfabetismo. Fundamos bibliotecas y «chozas de lectura» en las pequeñas ciudades y las aldeas. Organizamos cursos de la más diversa especie. Organizamos buenas representaciones teatrales y buenos conciertos, enviamos al campo «cruzadas culturales» y «exposiciones volantes». Pero, repito, que todo esto significa muy poco comparado con los muchos millones de seres que carecen hasta de los conocimientos más elementales, de la cultura más primitiva. Mientras que en Moscú se entusiasmarán esta noche unas diez mil personas, y mañana otras diez mil, asistiendo a brillantes representaciones teatrales, grita clamorosamente la apetencia de millones de seres por poseer el arte de deletrear, de escribir su nombre, de saber sumar, grita clamando por cultura, clamando por saber que la tierra es una bola y no un disco, que el mundo se gobierna por leyes naturales y no por brujas y encantadores, aliados al Padre celestial.”

—No se queje usted tan amargamente del analfabetismo, camarada Lenin —intervine yo—; pues, seguramente, que hasta cierto punto ha servido para facilitar la revolución. Gracias a él, el cerebro de los obreros y los campesinos no se ha visto atascado y apestado de ideas y concepciones burguesas. En esos cerebros, la propaganda y la agitación caen en tierra virgen. Es más fácil sembrar y cosechar en tierra como esa que no donde antes de labrar hay que desarraigar toda una selva de prejuicios.

—Sí, es exacto —replicó Lenin—; pero sólo hasta cierto punto; mejor dicho, dentro de una cierta etapa de lucha. El analfabetismo era perfectamente compatible con la lucha por la conquista del Poder, con la necesidad de destruir la vieja máquina del Estado. Pero, ¿acaso nosotros destruimos por el sólo gusto de destruir? No; destruimos para construir otra cosa mejor. Y el analfabetismo se concilia mal, no se concilia, en modo alguno, en la obra constructiva. Y esta obra ha de ser, según Marx, realizada por los propios obreros, y también por los campesinos, añado yo, si quieren emanciparse. Nuestro régimen soviético facilita estas tareas. Gracias a él, miles de trabajadores aprenden a laborar constructivamente en los diversos Soviets y órganos soviéticos. Son hombres y mujeres “en lo mejor de la vida”, como ustedes suelen decir. Se trata, por tanto, y esto es lo que interesa, de gentes que, en su mayoría, se han criado bajo el antiguo régimen y, por consiguiente, sin educación y sin cultura. Hoy, estos hombres pugnan apasionadamente por alcanzar la cultura y la educación que no les dieron. Nosotros nos esforzamos cuanto podemos por incorporar a la labor de los Soviets a nuevos hombres y nuevas mujeres educándolos de este modo práctica y teóricamente. Pero, a pesar de todos nuestros esfuerzos, la necesidad de elementos administrativos y constructivos dista mucho de estar cubierta. Esto nos obliga a emplear a burócratas a la antigua usanza, y nos encontramos con un burocratismo gremial. Yo lo odio de todo corazón. No al burócrata individual, que puede ser un hombre muy útil. Odio al sistema, pues lo paraliza y corrompe todo de arriba a abajo. Pero para vencer y desterrar el burocratismo, no hay más que un camino decisivo : llevar a las grandes masas del pueblo la enseñanza y la cultura. “¿Qué perspectivas se abren ante nosotros para el porvenir? Hemos creado instituciones magníficas, y hemos adoptado medidas realmente buenas para que la juventud proletaria y campesina pueda aprender, estudiar, adquirir cultura. Pero otra vez nos sale al paso la pregunta torturante: ¿qué significa esto para tantos millones? Peor todavía. Nos faltan muchos, muchísimos jardines de infancia; muchas, muchísimas casas-cunas y escuelas elementales. Millones de niños se crían sin educación y sin enseñanza. Se crían entregados a la ignorancia y a la cultura de sus padres y de sus abuelos. ¡Cuántos talentos estrangulados, cuántas ansias pisoteadas! Esto es un crimen horrible contra el derecho de las nuevas generaciones a ser felices y un desfalco que se comete contra la riqueza del Estado soviético, llamado a desarrollarse hacia el comunismo. Es un peligro muy grave para el porvenir”.

En la voz de Lenin, tan serena de ordinario, gruñía ahora una indignación contenida. “Mucho tiene que apasionarle, que subyugarle —pensé yo— este problema, cuando se pone a pronunciar ante nosotras tres un discurso de agitación.” Alguien —no recuerdo quién— apuntó algunas observaciones, señalando “circunstancias atenuantes” en ciertos aspectos salientes de la vida artística y cultural y explicándolos por la situación actual de las cosas. A esto replicó Lenin:

—¡Ya sé, ya sé! Algunos están sinceramente convencidos de que, con “pan y diversiones”, salvaremos las dificultades y los peligros de momento. Pan, ¡bien está! Diversiones, ¡no hay inconveniente! Pero no debe olvidarse que las diversiones no son ningún arte grande ni verdadero, sino simples entretenimientos. Ni debe olvidarse tampoco que nuestros obreros y nuestros campesinos no son el proletariado andrajoso de Roma. No viven a costa del Estado, sino que sostienen a éste con su trabajo. Han «hecho» la revolución y han defendido su obra con sacrificios sin cuento, con ríos de sangre. Nuestros obreros y nuestros campesinos merecen realmente algo más que diversiones de circo. Tienen derecho a que se les dé un arte auténtico y grande. Por eso, lo más urgente es difundir la cultura y la educación entre las masas del pueblo. Esta obra creará —siempre y cuando que las masas tengan el pan asegurado— el terreno cultural sobre el que florecerá un arte realmente nuevo y grande, un arte comunista, que sabrá moldear las formas adecuadas a su contenido. Hay aquí una cantera de tareas inmensas y dignas de atención para nuestros “intelectuales”. Comprendiéndolas y realizándolas, pagarían éstos su tributo a la revolución proletaria, que les ha abierto también a ellos de par en par las puertas hacia la libertad, sacándolos de ese mísero nivel de vida que el Manifiesto comunista describe de un modo tan insuperable.

Aquella noche —era ya tarde— hablamos todavía de una serie de problemas. Pero la impresión de estas otras conversaciones se esfumó apenas apagarse el eco de las palabras, ahogada por las manifestaciones de Lenin acerca del arte, la cultura, la educación y la enseñanza popular. “¡Con qué sinceridad y con qué calor —cavilaba yo, al volver a casa con la cabeza febril a través de la noche fría— ama este hombre al pueblo del trabajo! ¡Y pensar que hay quien le tiene por una fría máquina especulativa, por un rígido fanático de las fórmulas, para quien los hombres no son más que categorías históricas, con las que juega y especula como un calculador insensible!”

Fuente: https://www.marxists.org/espanol/zetkin/1924/recuerdos-sobre-lenin.pdf

2.- Anatoli Lunacharski: Conversación con V. I. Lenin sobre el cine

Este artículo fue escrito a petición de G. M. Boltyanski en enero de 1925, con motivo de la preparación de su libro Lenin y el cine. Se publicó por primera vez en el libro Lenin y el cine en 1925. 

Mi larga conversación con Ilich sobre el cine se debió a su especial interés por la industria cinematográfica, que también quedó patente en su conocida carta al camarada Litkens,1 escrita por él en enero.2 Aproximadamente a mediados de febrero, o tal vez hacia finales de ese mes, Vladimir Ilich me propuso que pasara a verle para conversar. Por lo que recuerdo, la conversación versó sobre varias cuestiones de actualidad relacionadas con la actividad del Narkompros. Me preguntó también qué se había hecho para cumplir con su documento enviado a Litkens. En respuesta, le expuse con bastante detalle todo lo que sabía sobre la situación del cine en la República Soviética y sobre las enormes dificultades a las que se enfrenta el desarrollo de esta actividad.

Hice especial hincapié en la falta de recursos del Narkompros para poner en marcha una producción cinematográfica a gran escala, así como en la falta de responsables en este ámbito o, mejor dicho, de responsables comunistas en los que se pudiera confiar plenamente. En respuesta a ello, Vladimir Ilich me dijo que intentaría hacer algo para aumentar los fondos del departamento de cine y fotografía, pero que tenía la convicción personal de que este sector sería muy rentable si se organizara adecuadamente. Volvió a subrayar la necesidad de establecer una proporción adecuada entre las películas de entretenimiento y las de carácter científico. Por desgracia, esto sigue estando muy poco desarrollado hasta la fecha. Vladimir Ilich me dijo que la producción de nuevas películas, impregnadas de ideas comunistas y que reflejen la realidad soviética, debe comenzar con la crónica, y que, en su opinión, quizá aún no haya llegado el momento de producir ese tipo de películas.

«Si disponen de un buen material de crónica, así como de películas serias y educativas, no importará que, para atraer al público, se proyecte alguna película sin valor, más o menos convencional. Por supuesto, la censura sigue siendo necesaria. Las películas contrarrevolucionarias e inmorales no deben tener cabida».

A esto, Vladimir Ilich añadió:

«A medida que se vayan consolidando, gracias a una gestión adecuada, y tal vez incluso obtengan, con la mejora general de la situación del país, un préstamo para este fin, deberán ampliar la producción y, sobre todo, promover el cine sano entre las masas de la ciudad y, más aún, en el campo».

A continuación, sonriendo, Vladimir Ilich añadió:

«Usted tiene fama entre nosotros de ser un mecenas de las artes, por lo que debe recordar firmemente que, de todas las artes, el cine es para nosotros la más importante».

Recuerdo que nuestra conversación terminó ahí.

Lamentablemente, debo constatar que la carta dirigida a Litkens, aparte de una respuesta detallada sobre los aspectos jurídicos y económicos de este asunto, no tuvo resultados concretos. La idea de Vladimir Ilich sobre la composición proporcional de cada programación no se ha llevado a cabo hasta la fecha. En cambio, por supuesto, en lo que respecta a la producción cinematográfica hemos avanzado algo, pero solo en los últimos tiempos. No recuerdo con exactitud si Litkens estableció un plan de acción; tal vez lo hiciera, pero, en cualquier caso, el trabajo al respecto se estancó hasta la actualidad, y aún hoy depositamos más esperanzas en el mañana de lo que podemos demostrar con los logros de hoy.

1925

  1. Pág. 39. Litkens, E. A. (1888-1922): participó en el movimiento revolucionario desde 1904. Tras la Revolución de Octubre, fue uno de los organizadores de la educación popular. Desde 1920, fue subdirector de la Dirección General de Educación Política; desde enero de 1921, subdirector del Comisariado de Educación de la RSFSR. Fue asesinado por bandidos en Crimea.
  2. Pág. 39. Se trata de las directrices sobre el cine que V. I. Lenin dictó por teléfono desde Gorok al secretario general del Sovnarkom, N. P. Gorbunov, el 17 de enero de 1922. El 27 de enero, dichas directrices fueron remitidas al Narkompros, a E. A. Litkens.

Fuente: http://lunacharsky.newgod.su/lib/o-kino/beseda-s-v-i-leninym-o-kino/

Carta de Lunacharski a Boltyanskiy

Publicada por primera vez en el libro de G. Boltyanskiy Lenin y el cine. Moscú, 1925, págs. 16-18
Publicada en Советское Кино (Sovetskoe Kino) [Cine Soviético], n.º 1-2, 1933 — marquis-the-cat.livejournal.com

República Socialista Federativa Soviética de Rusia.

Comisario del Pueblo para la Educación.

9 de enero de 1925, n.º 190, Moscú, calle Sretensky, 6, apartamento 4, tel. 40-61.

Al camarada Boltyánskiy.

En respuesta a su solicitud, le informo de que mi extensa conversación con Ilich sobre el cine se debió a su gran interés por la industria cinematográfica, lo cual quedó reflejado en su conocida carta al camarada Litkens, escrita por él en enero. Aproximadamente a mediados de febrero, o tal vez hacia finales de ese mes, Vladimir Ilich me propuso que pasara por su casa para conversar. Por lo que recuerdo, la conversación versó sobre varias cuestiones de actualidad relacionadas con la vida del Narkompros. También me preguntó qué se había hecho para cumplir con su documento enviado a Litkens. En respuesta, le expuse con bastante detalle todo lo que sabía sobre la situación del cine en la República Soviética y sobre las enormes dificultades a las que se enfrenta el desarrollo de esta actividad. Hice especial hincapié en la falta de recursos del Narkompros para poner en marcha una producción cinematográfica a gran escala, así como en la falta de responsables de esta materia o, mejor dicho, de responsables comunistas en los que se pudiera confiar plenamente. En respuesta a ello, Vladimir Ilich me dijo que intentaría hacer algo para aumentar los fondos del Departamento de Fotografía y Cine, pero que tenía la convicción personal de que este sector sería muy rentable, siempre y cuando se organizara correctamente. Volvió a subrayar la necesidad de establecer una proporción adecuada entre las películas de entretenimiento y las de carácter científico. Por desgracia, esto sigue sin estar bien organizado hasta la fecha. Vladimir Ilich me dijo que la producción de nuevas películas, impregnadas de ideas comunistas y que reflejen la realidad soviética, debe comenzar con las crónicas, y que, en su opinión, quizá aún no haya llegado el momento de producir ese tipo de películas: «Si disponen de buenas crónicas y de películas serias y educativas, no importará que, para atraer al público, se proyecte alguna película sin valor, más o menos convencional. Por supuesto, la censura sigue siendo necesaria. Las películas contrarrevolucionarias e inmorales no deben tener cabida». A esto, Vladimir Ilich añadió: «A medida que se recuperen gracias a una gestión adecuada y, tal vez, obtengan —con la mejora general de la situación del país— un préstamo destinado a este fin, deberán ampliar la producción y, sobre todo, promover el cine sano entre las masas de la ciudad y, más aún, en el campo». A continuación, sonriendo, Vladimir Ilich añadió: «Usted es conocido entre nosotros como el mecenas de las artes, por lo que debe recordar firmemente que, de todas las artes, el cine es para nosotros la más importante». En ese momento, según recuerdo, nuestra conversación llegó a su fin.

En cuanto a las instrucciones concretas de Vladimir Ilich —rodar una película sobre la turba, etc.—, estas se llevaron a cabo de inmediato.

El comisario de Educación, A. Lunacharski

(Publicado según el original de las memorias de A. Lunacharski, facilitado por G. Boltiankski.).

Preparado para su publicación por V. Vishnevski.

Fuente: http://lunacharsky.newgod.su/pisma/pismo-boltanskomu/

3.- V. D. Bonch-Bruévich: Lenin y el cine, según recuerdos personales

Vladimir Ilich concedía una enorme importancia a la difusión entre las grandes masas no solo de ideas políticas y sociales, sino también de todo tipo de conocimientos y logros culturales, científicos, antirreligiosos, productivos, etc. Para ello, no escatimaba ni esfuerzos ni medios. El ejemplo más destacado de esta actividad era él mismo, que siempre accedía a la infinidad de peticiones para dar charlas aquí y allá entre los obreros, los campesinos o los soldados del Ejército Rojo. Es sorprendente cómo aún encontraba fuerzas y tiempo para dedicar a este tipo de actividades, cuando parecía que las veinticuatro horas del día las tenía completamente ocupadas con las necesidades más importantes y urgentes de la actividad política, social y estatal. Y solo la especial importancia de esta labor puede explicar por qué no escatimaba esfuerzos en ella. Cuando se hablaba con él sobre estos temas, siempre se interesaba por lo que hacían en esos ámbitos otros camaradas responsables y, si tenía que exponer algún plan de trabajo escrito, casi siempre preguntaba: «¿Por qué no intentáis exponer todo lo que decís, además de en el libro, también en las asambleas de trabajadores? Esto es muy útil, ante todo, para vosotros mismos y os servirá para comprobar hasta qué punto habéis asimilado este tema y con qué claridad lo exponéis. Tras esas charlas, vosotros mismos veréis que tendréis que añadir y modificar muchas cosas».

Tenía exactamente la misma actitud hacia los libros y folletos de divulgación. Exigía siempre una redacción clara, una presentación esmerada, concisión, la ausencia de palabras extranjeras y una total comprensibilidad para el público más sencillo. Siempre le parecía que este tipo de libros y folletos debían distribuirse, ya fuera a cargo del Estado o del partido, en cantidades enormes, colosales, para que llegaran hasta los rincones más remotos e incultos de nuestra Unión. Un ejemplo de ello es la participación personal de Vladimir Ilich, de la que tengo conocimiento, en la difusión de tres folletos. Ya en la época de Kerenski1 se publicó su folleto «Los partidos políticos en Rusia y las tareas del proletariado», que al principio quiso presentar en forma de gran cartel para pegarlo en vallas, postes de anuncios, tablones publicitarios, etc., pero luego, cuando el trabajo se amplió, hubo que publicarlo en forma de folleto independiente, estructurado en preguntas y respuestas. Se esmeró en que estuviera redactado de forma accesible, que explicara con sencillez las características políticas, las particularidades y las diferencias entre los distintos partidos políticos, y que se difundiera lo más ampliamente posible, llegando lo más lejos posible a los sectores más sencillos de la población.

En otra ocasión, en la que Vladimir Ilich se mostró especialmente receptivo fue en la participación en la distribución del folleto: se trataba del «Decreto sobre la tierra», publicado, escrito y leído personalmente por él, que yo imprimí en una enorme cantidad de ejemplares como folleto independiente y que se repartió a través de los soldados del Ejército Rojo, los obreros y los campesinos por todas partes. El propio Vladimir Ilich se encargaba de supervisar esto, preguntándome a diario a quién y cuántos ejemplares se habían conseguido repartir, adónde se habían enviado para su distribución en las provincias, y exigía que se le informara de si ese folleto no estaba en algún lugar de las provincias, en una estantería o debajo del mostrador, y si se estaba entregando directamente en manos de los trabajadores. El tercer folleto también mereció una atención especial por parte de Vladimir Ilich. Se trataba de un folleto sobre el «impuesto sobre los productos alimenticios», con una explicación detallada de su significado, su cuantía y su necesidad. Este folleto se imprimió en una tirada de 100 000 ejemplares y también se distribuyó por todas partes bajo la supervisión directa de Vladimir Ilich. He aquí ese constante afán por hacer llegar a las grandes masas la información política, social o estatal necesaria (ese deseo constante de Vladimir Ilich de ilustrar a las masas más amplias, proporcionándoles el mayor conocimiento posible; recordemos el deseo de Vladimir Ilich de publicar la «Historia de la Revolución Francesa» de P. A. Krapotkin2 en una tirada de 100 000 ejemplares para su distribución gratuita a cargo del Estado y su reparto en todas las bibliotecas y salas de lectura que existían en aquel momento en la URSS) —nos explica por qué Vladimir Ilich, en los años más difíciles de la vida de nuestra Unión, cuando parecía que no había ni pan, ni ropa, ni combustible, defendiera constantemente la existencia de los teatros y exigiera que estos siguieran funcionando, para que proporcionaran el mayor alimento artístico y útil posible a las masas obreras, campesinas y del Ejército Rojo.

Esto explica precisamente la atención que Vladimir Ilich prestaba al cine.

Mucho antes de la revolución, cuando estaba en el extranjero, Vladimir Ilich solía ir al cine a menudo. Y recuerdo una conversación que mantuvo con A. A. Bogdanov 3en Kuokkala, cuando vivía en Finlandia junto a Bogdanov en una misma casa de campo. A. A. Bogdanov era un gran aficionado al cine y le atribuía una importancia enorme en la labor cultural para la ilustración de las masas. Y he aquí que un día, al regresar de San Petersburgo —no recuerdo con qué motivo—, Alexander Alexandrovich comenzó a hablar de forma muy apasionante sobre la enorme importancia que ya tenía, y que tendría aún más, el cine en el ámbito de la propaganda de ideas científicas y educativas para luchar contra todo tipo de prejuicios de las masas, así como para su ilustración y formación. Vladimir Ilich escuchaba atentamente la conversación, se unió rápidamente a ella y comenzó a desarrollar la idea de que el cine, mientras permaneciera en manos de especuladores de mala calaña, causaba más daño que beneficio, corrompiendo a menudo a las masas con el contenido repugnante de las obras. Pero, por supuesto, cuando las masas se hagan con el control del cine y este esté en manos de auténticos artífices de la cultura socialista, se convertirá en uno de los medios más poderosos de ilustración de las masas. En 1907, cuando tuvo lugar esta conversación de Vladimir Ilich, la revolución en Rusia iba en declive y todas nuestras mejores esperanzas se desvanecían, ya que la lucha había terminado con la derrota del proletariado. Pero he aquí que, cuando llegaron tiempos nuevos, cuando estalló una nueva revolución y Vladimir Ilich ya se encontraba en Rusia tras febrero, solía volver a este tema en sus conversaciones incluso antes de octubre. Recuerdo sus conversaciones sobre este tema en Finlandia, cuando se alojaba en mi casa de campo4 . En una ocasión surgió el tema de la agricultura y Vladimir Ilich comenzó a contar con detalle que había visto en el extranjero unas magníficas películas que mostraban la vida en diversos lugares de Europa Occidental y, sobre todo, de América5 , donde, con el fin de obtener beneficios y hacer propaganda publicitaria de los aperos agrícolas, las grandes empresas que los fabrican no escatiman en gastar enormes sumas para organizar demostraciones de la producción agrícola con los mejores tractores y los mejores aperos agrícolas en las grandes explotaciones agrícolas de Norteamérica y Canadá.

Vladimir Ilich también contó que había tenido ocasión de ver películas sobre ciencias naturales magníficamente rodadas, por ejemplo, documentales que ofrecen un conocimiento minucioso de la vida en la naturaleza de los animales salvajes y las aves, en los que, con gran maestría, los observadores de la naturaleza ingleses organizan el rodaje de la vida de los animales salvajes y las aves tal y como es en realidad, y que había visto esas películas que mostraban la naturaleza, no con un efecto monótono y monocromático, sino que en la pantalla desfilaban ante los espectadores todos esos ricos colores naturales con los que abundan los paisajes de la naturaleza salvaje con sus habitantes naturales, y que, según su observación, tales películas causaban una enorme impresión en los espectadores. Estas películas, acompañadas de conferencias, habrían resultado sumamente útiles y entretenidas tanto para el espectador poco preparado como para su formación.

Tras la Revolución de Octubre, en diversas ocasiones tuve la oportunidad de presenciar conversaciones de Vladimir Ilich relacionadas con el cine. Y él siempre se pronunciaba a favor de expulsar por completo del repertorio de nuestras salas de cine esa vulgaridad que había comenzado a llegar a raudales desde el extranjero, donde predominan los gustos mezquinos, donde toda clase de sordidez sentimental tranquiliza al espectador y lo aleja de la actualidad, de la vida política del país.

— ¿Es que no tenemos fuerzas para representar nuestra lucha revolucionaria del presente y la lucha revolucionaria del pasado, así como otros momentos históricos diversos, o para desarrollar todo tipo de argumentos para la lucha contra la religión, en los que no se necesite ninguna burla, sino solo un enfoque científico-natural adecuado? Vladimir Ilich siempre preguntaba: ¿se ruedan películas al abrir los relicarios de diversos santos?

Mostrar con qué estaban rellenos esos maniquíes por los curas, mostrar qué descansaba, qué «santidades» había exactamente en esos ricos relicarios, a qué había rendido culto el pueblo con devoción durante tantos siglos y por qué los clérigos le sacaban tan hábilmente el dinero al pueblo llano —eso bastaría por sí solo para alejar de la religión a cientos de miles de personas—, solía decir Vladimir Ilich.

Vladimir Ilich exigió que le entregaran esas fotografías y quedó muy satisfecho con ellas. Yo mismo le mostré las imágenes extraídas de la película rodada durante la apertura de las reliquias en la Lavra de la Trinidad-Sergio 6 .

La producción de la película «El acorazado Potemkin» 7—esa es precisamente una de esas producciones con las que Vladimir Ilich soñaba constantemente y en las que insistía sin cesar, y es una pena que no pudiera verla.

El propio Vladimir Ilich se tomaba con mucha paciencia y buen humor las sesiones de rodaje, a las que se sometió en más de una ocasión. En una de esas sesiones tuve que participar de muy cerca.

Cuando empezó a recuperarse tras su herida del 30 de agosto de 1918 y los médicos le permitieron salir al patio, me pareció necesario filmar a Vladimir Ilich y mostrar las imágenes en numerosas reuniones de trabajadores. Le dije que se estaba preparando una filmación durante su paseo por el Kremlin en el primer día soleado que hiciera buen tiempo. Y, efectivamente, cuando llegó un precioso y radiante día de otoño, el operador de cámara se dirigió al Kremlin a la hora acordada y le pedí a Vladimir Ilich que diera un paseo por el Kremlin. Al principio no tenía muchas ganas de hacerlo, ya que estaba absorto en algún trabajo de actualidad.

Bueno, ¿para qué os hace falta esta sesión de fotos? Ya me han fotografiado un sinfín de veces…

Pero los trabajadores aún no le han visto desde que se levantó de la cama y, aunque en los periódicos se escribe mucho sobre usted, los trabajadores desean verle con sus propios ojos. Al fin y al cabo, ¿no está usted en condiciones ahora mismo —y los médicos tampoco se lo permitirían— de subir a la tribuna para pronunciar un discurso? Será mejor que aparezca en la pantalla y así todos quedarán satisfechos…

Sí, los médicos no me lo permitirán, son muy estrictos conmigo —dijo Vladimir Ilich con un tono a la vez entristecido y complaciente, y se rió en voz baja—. Bueno, pues vamos…

Nos pusimos en marcha.

Vladimir Ilich caminaba a paso rápido. Yo intentaba que redujera el ritmo, ya que sabía que para él aún era muy perjudicial subir escaleras tan deprisa. Pero no me hizo caso y en un santiamén nos encontramos en el vestíbulo de la Administración de Asuntos. Quería que se fuera solo y empecé a apartarme a un lado, ya que mi objetivo era que Vladimir Ilich fuera filmado inmediatamente por el cámara, pero Vladimir Ilich protestó:

–«¿Adónde te vas, amigo?», me dijo. «No, si vamos a dar un paseo, que sea juntos», y se acercó a mí.

Dimos un paseo por el Kremlin. La cámara empezó a grabar, inmortalizando ese primer paseo de Vladimir Ilich tras su terrible enfermedad. Tenía muchas ganas de que el cámara enfocara solo a Vladimir Ilich, y lo conseguí, tanto al principio de la grabación como en el cuarto plano de la cuarta pose. Cuando ralentizaba el paso a propósito, Vladimir Ilich me decía: «¿Por qué te quedas atrás? ¿Acaso voy tan rápido?». No le revelé mi deseo secreto. De muy buen humor, disfrutando de un otoño soleado, agradable, vigorizante y cálido, Vladímir Ilich respondía con entusiasmo a mis relatos sobre diversas noticias, sucesos y demás aspectos de la vida en los barrios obreros y en el frente. No quería estropear el paseo, ya que se habría marchado inmediatamente si se hubiera dado cuenta de que lo estaba grabando a propósito; así que, evitando responder a por qué me quedaba atrás, seguí con lo mío y logré que se grabara a Vladimir Ilich varias veces completamente solo.

Mientras paseábamos por el Kremlin, nos cruzamos varias veces con transeúntes que miraban con sorpresa a Vladimir Ilich, se daban la vuelta, como sin poder creer lo que veían: que aquel que había resultado tan gravemente herido volviera a estar en pie, de nuevo fresco y animado, riendo de nuevo de forma contagiosa, caminara con paso rápido, igual que antes. Por fin, terminó la sesión de rodaje y Vladimir Ilich, tras charlar unos minutos con el cámara y regañarle por haberle tenido en el paseo una hora y diez minutos en lugar de diez minutos, regresó a la Dirección. Temblando un poco, ya que, al fin y al cabo, era otoño, y él no había querido por nada del mundo —por mucho que se lo propusiera— ponerse el abrigo cuando salíamos a dar un paseo, al entrar en el pórtico principal, comenzó a subir rápidamente un escalón tras otro por la escalera.

–«Quizá no deberías tener tanta prisa», le dije.

–«¿Por qué?», respondió él, «no soy discapacitado y no siento ninguna debilidad».

Pero, aun así, me di cuenta de que se había quedado sin aliento cuando subimos hasta las puertas del Consejo de Ministros y, recuperando el aliento lentamente, entró en su despacho.

También tuve que participar en la segunda y triste sesión de grabación de Vladimir Ilich: durante los días de luto de su funeral. Cuando yacía en la Casa de las Uniones, mientras interminables multitudes de gente iban, iban y iban día y noche a aquella sala para ver por última vez a aquel a quien tanto querían. Decenas de operadores de cine se abalanzaban sobre esa procesión interminable y, bajo el resplandor de los potentes focos, filmaban los momentos más significativos. Me parecía que había que poner un cierto orden en esas grabaciones y filmar las escenas de mayor valor político. Me parecía que era necesario plasmar cómo los trabajadores, acudidos de todos los rincones de nuestra Unión, en grupos organizados, abatidos y afligidos, se acercaban al ataúd de su líder. Cómo las distintas delegaciones, imbuidas de una u otra idea unificadora, formaban guardia de honor junto al féretro, cómo depositaban coronas de flores y seguían su camino lentamente. Logré plasmar en la película muchas cosas, muchas de ellas muy importantes y de gran valor histórico. Lamentablemente, esta cinta nunca se ha editado íntegramente hasta la fecha ni se ha mostrado a nadie, y sin embargo constituye, sin lugar a dudas, un valioso documento histórico relacionado con los últimos momentos de la despedida del pueblo y del proletariado combatiente de Vladímir Ilich. En esa misma cinta se han grabado momentos de la excavación de la tumba de Vladimir Ilich en la Plaza Roja.

— Vladimir Ilich no cabe en la tierra —decían los obreros, tropezando constantemente con enormes piedras, y parecía que no había forma alguna de cavar aquí el suelo para la tumba y construir el panteón. Así que, por la noche, tras iluminar la Plaza Roja con focos, comenzamos a dinamitar el lugar, con equipos de artillería de demolición dirigidos por especialistas experimentados. El trabajo era duro, peligroso y de una belleza mágica.

Los operadores de cámara no escatimaron esfuerzos y, aprovechando la luz artificial de enormes focos, filmaron una y otra vez esos momentos siniestros y solemnes del último viaje hacia la tumba eterna de Vladímir Ilich, adentrándose con sus cámaras en la zona de las explosiones, ¡arriesgándose a quedar sepultados bajo los terrones de tierra y las piedras!

En todas sus conversaciones y reflexiones sobre el cine, Vladimir Ilich nos dejó unas directrices claras en este ámbito, exigiendo a todos los implicados en esta labor una preparación minuciosa de las películas, así como una reflexión profunda sobre sus argumentos; además, en una de sus instrucciones, afirmaba que «las películas de carácter propagandístico y educativo deben someterse a la revisión de los marxistas veteranos». Con ello, claramente deseaba eliminar de las películas toda esa vulgaridad burguesa y otras tonterías con las que se llenan y atiborran constantemente las películas, corrompiendo cada vez más el gusto de miles de espectadores.

Por supuesto, hay que alejarse lo más posible del aburrimiento. Por supuesto, es necesario aportar al cine no solo la ciencia, no solo el arte, no solo la producción, sino también el humor, la risa y las escenas vibrantes de la comedia y el drama; pero todo ello debe estar orientado hacia un único objetivo: la lucha por una nueva forma de vida, por nuevas costumbres, por un futuro mejor, por la ciencia y el arte, por la firme fuerza de la lucha proletaria de nuestra época de dictadura de acero del proletariado, y creo que el cine debe cumplir estos mandatos de Vladimir Ilich. Creo que es hora de revisar todo ese repertorio que sigue predominando hasta ahora en nuestras salas de cine. Hay que eliminar de una vez por todas, sin piedad alguna, aquello que es totalmente innecesario para nuestro Estado obrero, aquello que es contrario al espíritu de la ideología proletaria. Es necesario poner de manifiesto y reflejar todos esos grandes avances en todos los ámbitos del conocimiento humano, el arte y la lucha, de los que es tan rica la nueva época de la existencia humana que vivimos.

Y esto es lo que debemos hacer también en el cine, cueste lo que cueste.

Fuente: https://lenin.rhga.ru/section/obraz-lenina-v-teate-i-kinematografe/lenin-i-kino-po-lichnym-vospominaniyam.html

4.- Yakov Burov: Hablaba de la importancia del cine

Artículo publicado en la revista Советская культура (Sovetskaya kultura) en 1960.

Una mañana de enero de 1920, en una amplia y espaciosa habitación del hotel «Nacional», sonó el teléfono. Llamaban desde el Kremlin. La voz familiar de María Ilichna me informó:

—Vladimir Ilich le solicita que acuda a informar sobre la labor de los trenes de propaganda del Consejo Central de los Soviets.

Esperaba la llamada de V. I. Lenin. Había preparado el material para el informe, pero aún no lo había sistematizado. Y en veinte minutos debía acudir ante V. I. Lenin. Simplemente no podía creer que fuera a informar a Ilich sobre nuestra agitación combativa y ferviente entre los soldados del Ejército Rojo, los obreros y los campesinos…

—El camarada Lenin está en su despacho, pase —dijo uno de los secretarios de Vladimir Ilich.

Al abrir la puerta, sentí claramente que el informe que había preparado mentalmente se había desmoronado como un castillo de naipes. En un primer momento, debido a la emoción, no pude distinguir de inmediato ni la habitación en la que había entrado ni a Ilich. Ya pensaba que no estaba en su despacho, pero en ese momento oí la voz de Ilich:

—Compañero, ha llegado media hora tarde…

Vi a V. I. Lenin. Vladimir Ilich estaba sentado a la mesa frente a la puerta por la que había entrado, y se notaba que esperaba mi llegada. La observación de Ilich sonó severa.

Vladimir Ilich, evidentemente, percibió mi desconcierto y, suavizando el tono, me propuso que comenzara con el informe. Hablé de la tarea principal de las giras de agitación: llegar con su influencia a la población que se encontraba en un radio de 15 a 20 kilómetros alrededor de las vías férreas y los grandes ríos, atender a decenas de miles de trabajadores, campesinos y soldados del Ejército Rojo con agitación, información y charlas, y hacer que acudiera el mayor número posible de personas a las salas de cine que había en cada tren y en cada barco de vapor. Todo ello adquiría en aquel momento una importancia política extraordinaria.

Me pareció que Ilich escuchaba con atención la primera parte del informe. Le expliqué cómo se organizaban los viajes de los miembros del Comité Central, del Consejo Central de los Soviets y de los representantes de las organizaciones centrales en los trenes de propaganda, y cómo se equipaban los trenes y los barcos de vapor en el Volga.

Tuve la sensación de que no me estaba saliendo un informe oficial y estructurado. Al mirar a V. I. Lenin, comprendí cuál era la razón: al parecer, él ni siquiera exigía un informe de ese tipo; lo que deseaba era escuchar un relato sobre el funcionamiento de los trenes de propaganda durante sus recorridos. De entre los materiales que había traído, llamó la atención de Ilich una pequeña tabla numérica de una sola página. La sacó del montón, apartó con la mano el resto de los papeles y la colocó ante sí. Las cifras reflejaban la labor real llevada a cabo por los trenes de propaganda y los barcos de vapor durante sus viajes. La tabla contenía datos sobre el número de personas atendidas por los trenes de propaganda, el número de sesiones de cine organizadas y su asistencia de espectadores, así como el número de periódicos y de material de propaganda distribuidos.

El informe se interrumpió. Ilich guardaba silencio. Se apoyó la cabeza con las manos y examinó minuciosamente la tabla. Debo reconocer que no esperaba que fuera precisamente ella, esa modesta tabla, la que captara toda la atención de V. I. Lenin. Incluso llegué a sentir cierta pena por aquellas hojas coloreadas con lápices de colores, que daban cuenta de la importante labor de los trenes de propaganda. Pero V. I. Lenin seguía estudiando aquella modesta tabla.

—Dígame, camarada, ¿cómo se tiene en cuenta en los trenes de propaganda el efecto que tiene cada película en los espectadores? —preguntó de repente V. I. Lenin, levantando la cabeza.

La pregunta me pilló por sorpresa; no estaba preparado para responderla. En ese momento, me vino a la mente toda una multitud de obreros, campesinos y soldados del Ejército Rojo que, en potentes oleadas, se abalanzaban hacia las salas de cine de los trenes y los barcos de vapor tan pronto como estos se acercaban a la parada. Sin embargo, no llevábamos un registro específico del impacto político de cada película en los espectadores, aunque, sin duda, los agitadores del tren —y, de hecho, todo el departamento político— sabían qué películas gustaban especialmente a las masas. Así fue, probablemente, como respondí a V. I. Lenin sobre el registro del impacto de las películas en los espectadores. Ilich dio inmediatamente la instrucción de que, si no se había organizado dicho registro, había que ponerlo en marcha en el futuro.

A continuación, Ilich centró la mayor parte de la conversación en la importancia del cine. A Vladimir Ilich le interesaba el equipamiento material y técnico de este auténtico arte popular y de masas. En la conversación, Ilich se detuvo con especial detalle en este aspecto del asunto.

—Adquiera película cinematográfica —me dijo—. Abastézcase de película cinematográfica para los trenes.

—«Pero, ¿dónde adquirirla, si nuestra producción está tan poco organizada?», pensé. Y Ilich ya estaba dando instrucciones…

Vladimir Ilich prometió prestar su apoyo en la adquisición de película cinematográfica en el extranjero.

La conversación llegaba a su fin. Para concluirla, V. I. Lenin volvió a subrayar la idea de que la labor de los trenes de propaganda debía tener como objetivo principal el impacto político sobre las masas y la organización de un impulso aún mayor entre los trabajadores para luchar contra los enemigos del poder soviético.

Fuente: Советская культура, 5 марта, 1960, № 28 (1053)